Crecieron arriba de las lanchas, entre medio de redes, recolectando mariscos y pescados. Aprendieron a leer las corrientes junto a los buzos mariscadores o recortando los cochayuyos en los roqueríos. Hasta que alguien les prestó una tabla y fue -en ese momento- cuando el surf en Pichilemu nació. Algo genético hay en la pasión que experimentan estos surfistas por el mar. Ellos, como hijos de pescadores, aún siguen vinculados a las olas que los vieron nacer. En este deporte partieron artesanalmente y fueron tildados de vagos por sus vecinos. Hoy viven de correr olas gigantes o de enseñar a montarlas a los “gringos” interesados en las playas de la Sexta Región. Pero un gran tubo de caca puede dejarles – literalmente- la cagada de sus vidas.
Al principio era un juego. Improvisaron parches para sus equipos y amarraron las tablas con mangueras a sus pies. Ni hablar de entrar con trajes especiales a las frías aguas del Pacífico sur. Ése era un lujo impensable para los que tenían que juntar plata en el verano para comprarse el uniforme y los útiles escolares en marzo.
Pero el gusto por las olas fue más fuerte.
Los miraban con malos ojos. Todo Pichilemu les ponía mala cara cuando se metían al mar. Pero de ese cardumen de hijos de pescadores acostumbrados al agua salió la primera generación de surfistas chilenos profesionales. Empezaron de niños y hoy algunos recorren el mundo montando olas de hasta 15 metros de altura; otros enseñan surf todo el año y arriendan equipos a turistas.
Pero todos piensan igual: la mejor ola está en Pichilemu, en Punta de Lobos.
ELVIS, EL DE LAS OLAS
Elvis Presley suena en la radio y Elvis Muñoz se toma un café mirando la playa. De no ser por el surf, Elvis estaría ahora paseando caballos como su abuelo. O pescando. Los dos oficios lógicos para un joven pobre nacido y criado en Pichilemu. Pero un día él se subió a una tabla y le pidió a sus amigos que en vez de llamarlo Marcelo, mejor lo hicieran por su segundo nombre: Elvis. Todo, dice, cambió entonces.
Primero le dijeron que se dejara de cosas raras, que si acaso creía que estaba en California, que era mejor estudiar o trabajar en algo de verdad. Pero Elvis se dejó el pelo largo, se lo tiñó rubio y terminó siendo uno de los surfistas más reconocidos de Chile.
Elvis fue el primer surfista chileno en tener auspicio. Sus habilidades en la tabla lo han llevado a competir en Brasil y Perú. Hoy es una especie de apóstol del surf. Vive de él. Se dedica a enseñarle la técnica a niños de pueblos del interior, de esos que muchas veces llegan sin haber siquiera visto el mar antes.
-Yo les digo que son los bajaos de cerros. Ellos se quedan con la boca abierta mirando el mar. Piensan que es una piscina, que no se mueve. Tienen ganas de aprender a pararse en la tabla. Hay muchos que creen que es como montar el caballo. Tengo un alumno que solo se puede subir por el lado derecho de la tabla y se para bien arqueado de piernas -dice Elvis.
Le gusta enseñarles. Quiere que sigan con la tradición surfista que apenas empieza en la zona.
-Cuando empezamos, nos amarrábamos las tablas con mangueras, gomas de parabrisas y nos metíamos con short y poleras al mar. Nosotros aprendimos prácticamente solos, de repente llegaba uno que otro gringo, pero no nos explicaban cómo correr una ola o qué tipo de tabla usar -cuenta.
Eran los 90’s y entonces Elvis lucía una cabellera platinada, al más puro estilo californiano. Era de esos chicos surfer que salen del mar para subirse a la patineta. De momentos un poco sobreactuado, pero en su estilo, medio imitando a los surfistas de la película “Punto de quiebre”.
-Yo en esa época era más choro. Me acuerdo que una vez le eché la choriá a un gringo gigante porque se metió en mi ola. El gueón me dijo “te puedo matar” y me pescó del pelo y me hizo una chinita. Quedé más asustao que la chucha. Al otro año volvió y me regaló unas zapatillas. Ellos saben que no es bueno tener atados con los locales y eso pasa en todas las playas.
Ahora Elvis se toma el surf con más tranquilidad. El deporte le da tiempo para estar con su hija y vivir tranquilo en su casa que está construyendo después de un incendio que lo dejó en la calle.
-Loco, yo quedé con lo puesto y con esto me levanté de nuevo. Cómo no voy a querer este deporte si me ha dado todo. Mi opción era seguir como mi abuelo, paseando caballos o trabajando en las discoteques. Ahora en cambio vivo de lo que hago y me doy tiempo hasta de transmitirlo a las nuevas generaciones. Estoy contento.
CON LOS PIES SOBRE EL AGUA
Ramón Navarro tiene la piel curtida y huellas de sal en las orejas. Es el actual campeón chileno y uno de los pocos surfistas del mundo que corre olas de quince metros de altura. Sentado, se mira una herida que tiene en la canilla. Mientras, explica su viaje a Hawai.
-Voy a tomar unos cursos para seguir corriendo olas gigantes. Es una técnica especial, con una moto de agua te remolcan adonde nace la ola. La especialidad se llama olas XXL. Creo que para dedicarse a correr olas gigantes tiene que existir una vinculación ancestral con el mar –dice.
Y se explaya, un poco más místico:
-Yo nací en Punta de Lobos, en una casa de pescadores. Tengo tíos buzos, mi papá es pescador, con mi mamá y mis hermanos recolectábamos algas. Aprendí a bucear a los 6 años, a reconocer cuáles las rocas peligrosas o qué dice el viento cuando sopla de tal o cuál manera. Yo soy de agua y ahí es donde mejor me siento.
A Ramón también le tocó lidiar con el prejuicio de su familia. Ellos esperaban que estudiara y dejara la pesca, el oficio de los Navarro. Ser surfista, para su padre, era una locura. Les costó entender y a él explicárselo. Les parecía más una entretención. Ahora, con el éxito, están más tranquilos. Tanto, que Ramón -cuando no hay olas- acompaña a su padre a bucear.
-Yo me esforcé para seguir viviendo en Pichilemu. A mí el mar me ha dado todo, es como el patio de mi casa. Me siento más seguro entre las olas que en la tierra. Por lo mismo lo respeto y sufro cuando lo veo todo contaminado –se confiesa Ramón.
El tono de voz le cambia al surfista cuando cuenta que recorriendo durante años la costa del país buscando nuevos lugares para practicar, se ha encontrado con contaminación en todos lados.
-Todos los años está más contaminada la costa. Las celulosas en el sur, las mineras en el norte y los tubos de caca que ahora quieren colocar acá. En Chile encuentras de todos los tipos de olas, todo el año y surfeas solo. Pero las autoridades no entienden que están perdiendo millones por el turismo ligado al surf. Prefieren el dinero fácil y qué mejor que venga alguien y te dé plata por tirar mierda al mar –dice, molesto.
Esa mierda atormenta hoy a los surfistas de Pichilemu. Les quita el sueño porque podría quitarles sus olas.
-Ahora quieren colocar este tubo acá, al medio de la playa. Son tan bajos estos güeones que ESSBIO me contactó para ser mi sponsor. O sea, querían comprarme. Les dije que demás los dejaba, pero con la condición que no construyeran el tubo. Nunca más llamaron. La otra vez nos invitaron a una reunión y les advertí que no me cuesta nada convocar a surfistas de todo el mundo para que nos atrincheremos con tal de que no tiren caca al mar. ¿O van a mandar a los pacos para sacarnos del medio del agua? ¿Quieren que muera alguien? Nosotros estamos comprometidos con esto y la comunidad surfista internacional está al tanto y no vamos a dejar que tiren mierda a un lugar tan lindo como éste.
Mierda.
NO NOS CAGUEN
Cuando uno entra a Pichilemu por la carretera, un gran lienzo -y que no es de bienvenida-, sorprende con una frase que se repite en parabrisas polvorientos y afiches pegados en las calles más céntricas:
“NO AL EMISARIO SUBMARINO”
Es la obsesión del pueblo, el colector de 1.700 metros que se supone será la solución para no lanzar aguas servidas en la vecina laguna de Petrel y cumplir la promesa del gobierno de Ricardo Lagos: alcantarillado para toda la comuna.
La empresa de Servicios Sanitarios del Bío Bío S.A. (ESSBIO), hizo el estudio de impacto ambiental del proyecto, que contempla instalar un colector justo en el centro de la playa, con un costo de $2.600 millones. Según los planes, el sistema operaría transportando y disponiendo las aguas servidas en el fondo marino.
Héctor Cornejo es uno de los concejales de Pichilemu. Además, es surfista. La idea del emisario submarino no lo tiene tranquilo.
-El turismo ligado al surf moriría. Quién va querer nadar en una playa con caca. Y no sólo jodemos nosotros, también están las algueras, que es una pequeña agrupación de mujeres que viven de las algas y que cosecharían a menos de 100 metros de instalado el tubo. Ni hablar de los pescadores y buzos mariscadores –vaticina, mientras se saca el traje de neopreno con el que, minutos antes, surfeaba.
El concejal sostiene que los expertos no consideraron las corrientes submarinas que existen en la costa. Los pescadores, buzos y surfistas, en cambio, las han estado leyendo desde hace años.
-Nuestros cálculos, considerando donde se quiere colocar el tubo, es que el agua con caca va a dar directamente a la mejor ola de Chile. La que queda en Puntas de Lobos –dice, sombrío.
La planta de tratamiento que se proyecta construir en un área residencial le causa más rechazos:
-Acá hay que hacer un tratamiento real de las aguas. No colocar un tubo con una reja para que filtre los sólidos. El agua que sale del tubo debe estar tratada y que no nos vengan de nuevo con que el agua del mar hará el trabajo de limpieza, eso es diluir caca en agua.
ORIGEN, EL DOCUMENTAL
El surf sin nadie que registre las piruetas sobre las olas no sería el deporte que genera millones de dólares al año en todo el mundo. De la habilidad de fotógrafos y documentalistas depende la inmortalidad de la maniobra y la venta del “estilo de vida surfer” que tanto le interesa a las marcas de ropa que auspician a los deportistas.
Gracias a los auspiciadores y fotógrafos, los surfistas pueden dar fe de haber montado una ola “XXL” o mostrar cómo se desplazan por un “tubo”.
Gonzalo Farías fue un niño de Pichilemu, y le tocó ver como algunos de sus amigos de la playa se transformaban en leyendas del surf nacional. Fue el testigo de las proezas.
-Estábamos en carretes o en las típicas fogatas a la orilla del mar y Elvis empezaba a contar historias. Fueron esas historias las que me motivaron a contar el inicio del surf en Pichilemu -explica.
De ahí que se comprara una cámara casera y grabara las historias de su pueblo. Que hoy, por desgracia, están ligadas al “emisario submarino”, el convidado de mierda que amenaza con terminar la vida en las olas.
Pronto su trabajo se transformó en documental. Lo llamó “Origen” y editó una sinopsis para dedicarse a terminar su carrera de Publicidad.
-Un día me llamaron del festival de Surfilm de San Sebastián, en España, y me dijeron que había quedado seleccionado entre los finalistas y que necesitaban el material completo. Yo quedé pa dentro, les dije que en un mes más se los mandaba. Colgué y me puse de cabeza a terminarlo. Al poco tiempo me llamaron de Brasil, pidiendo lo mismo. Fue genial lo que provocó. Gracias a eso han llegado europeos que vieron el DVD. Técnicamente se puede mejorar mucho lo que hice. Pero hay algo en estas historias que las hacen interesantes. No es el típico video de surf. Aquí hay una comunidad que se puede ver destruida por un tubo con caca y cómo los surfistas tratan de detener eso.
* Extraído The Clinic, Nº 198

2 comments:
siempre el "The Clinic" con sus teorias locas, muy bueno en todo caso.
todavia espero más cosas
espero que sigas disfrutando de tus vacaciones
chau
Saludos desde mi humilde morada
Lo invito a leerme
http://ride-this-storm.blogspot.com/
Espero su visita.
Ke tenga al menos un maravilloso momento en el dia de hoy
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